Viajeros al Infierno

(Fragmento de cuento)

En el pueblo abrigado de M…, donde humean entre los puestos ambulantes guisados exóticos que invaden la niebla, aún recuerdo las tardes blanquecinas que desfallecían lentamente en el mirador. Con las cadenas serpenteantes de transeúntes bajando las colinas y conversando en lentos paseos, jugueteando con las sombrillas y cachorros despeinados sobre el atrio mojado de la Iglesia, mientras las lámparas de sodio se encendían una a una.

Y la tenue brisa, casi imperceptible que nos arropaba, parecía abrazar en ondulantes gasas el sonido argentino del acordeón producido por las extremidades de un anciano con dedos alargados y secos, dedos callosos en manos oscuras, manos que hacían brotar una armonía capaz de oprimir el corazón más altivo.

Miraba desde el balcón cómo llegabas a tocar la aldaba cual enardecido hacendario y, al subir corriendo las escaleras, luego de frufrú insistente del roce de tus vestidos de seda brillante sobre cada peldaño y una pausa en el descansillo, contemplaba no sin bochorno los brinquitos que dabas de gusto con zapatos adornados de cintas y las joyitas de filigrana que saltaban sobre tus jóvenes pechos (…)

Pero, al deshacerme en estas memorias sin culpa, recuerdo que preferí ausentarme, perderme en tus pensamientos como entre la bruma de aquellas noches.

Huí de tu risa que resuena como eco palpitante en la corteza de mi cerebro; huí del color y la textura de tus labios que germinaron en mi alma sombras desconocidas.

Huí del brillo inocente que reflejaban tus ojos de doncella; del silencio que te abordaba repentino en lugares públicos y hacía ruborizarte. Determine apartarme de la vida aburrida que ofrecía la condena de una unión obligada y fijé mis anhelos a la gran metrópolis, a la cual dedicaría largas horas de constante estudio.

Huí, más que nada, de las miradas furtivas de aquellos que jamás notabas y, a mansalva, querían devorarte; de algún modo mi enfado ferviente se volcaba insoportable, pero no sobre de ellos (…)

Por eso cuando sostuve tu mano enguantada en la terminal, antes de abordar el vagón que me apartaría de ti por siempre, y, mientras te deshacías en llanto, me despedí con las duras palabras de un varón que no soporta el pueril comportamiento de una criatura bella que no comprende el valor y fin de su virtud, y es mejor dejar a la suerte para que devele su esencia por sí misma.

Mas esa misma tarde, huí también del vagón que había abordado, de la ausencia terrible de gesticulaciones en los pasajeros que intercambiaban miradas espantosas, de ojos muy abiertos, gelatinosos y escrutadores; semejaban afiladas dagas que me eran clavadas como penitencia de un crimen a medio consumar (…)

Las damas, de vestidos pálidos como flores marchitas y encajes mugrientos, zapatos puntiagudos que asomaban deshilachadas e ictéricas medias; iban con peinados altos, de bucles enmarañados y cabellos torcidos con tocados; y los hombres, aquí unos jóvenes taciturnos apretando portafolios y carteras de cuero; allá lobos de mar uniformados de torvo aspecto; acullá caballeros enfundados en abrigos de lana mohosos y roídos sombreros.

Si bien ningún infante completaba el repugnante cuadro, nadie dormitaba, permanecían con vivaz e inquietante suspicacia generalizada en mutismo, interrumpida sólo por los delicados azotes del ferrocarril sobre la vía; como si no hubiera pestañeos, todos actuaban maquinales y con inquisidor recelo, virando de vez en vez sus autómatas cabezas.

Tuve frío. Tuve mucho frío, y jamás antes extrañé con más desesperación el abrigo de tus dulces brazos, los besos que a capricho depositabas sobre mi rostro y cuello, las caricias entre mis cabellos. Cómo de algún modo aniquilabas mis miedos.

Empero, las luces entre el cortinaje y las ventanas que filtraban parpadeantes bajo los puentes y zonas arboladas la luz crepuscular, me sacaron de mi ensimismamiento; su relampagueo daba el aspecto plastificado a aquellos cuerpos, a los rizos que vibraban y los miembros que se agitaban como por voluntad propia.

De un modo u otro no tardé en convencerme de que semejante comitiva se dirigía al mismo infierno y que, por alguna cruel burla del destino, merecía expiar mis propias iniquidades de mozalbete arrogante e insensible.

Decidido entonces, reuniendo valor entre el creciente desasosiego, escapé en la primera parada de los que me parecieron celadores del pandemónium y, en torpe descuido, sorprendido por la repentina y desorbitada salida, olvidé la carta húmeda que me diste de último momento sobre el asiento.

Siempre quise saber lo que decía. No te hice daño, creo, aunque ese tren y sus viajeros me dieron una sutil lección. Se llevaron al Hades las palabras ignotas, con mi desprecio.

Blackgunner*

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