Pesadilla

a Charles*

Me  ha despertado una horla a mitad de la noche
lágrimas escurrían como arroyos sobre mis mejillas,
aún no regresaba del todo.
 
 
Fue el tormento del tácito silencio en el sueño maldito
jamás se atrevieron sus personajes a mencionarlo.
Pero una opresión sobre el esófago me castigaba.
¿Era el crimen perpetrado, tan inhumano
que creía merecer aquella tortura?
 
 
¿Dónde has estado, por qué has desaparecido?
Ruego en el rezo más desgarrador por tu alma.
 
Atacó la neurastenia mi cerebro por
interminables semanas,
y el spleen no se agotaba.
A mi dañada memoria vienen
relampagueos de tu extraña imagen variopinta…
 
 
Tu pérfida socarronería, ese humor ácido
exhumado por tus pequeños poros.
Tu rostro redondo y embotado,
recordaba los enigmáticos actores
de relatos del siglo XVII.
 
 
Extraño… ese semblante
desperdigado en la introspección.
Verte allí ensimismado en algo que deseabas
con ímpetu reprimido en la locuacidad de tus ideas.
La inigualable forma de morder el mundo
con la sutileza de un sibarita, paladear y escupirlo
con el desdén repulsivo de un mísero beodo.
 
 
El sonrojar de tus suaves mejillas
como respuesta a las chabacanerías que
inventaba por el gusto de verte sonreír.
 
 
Ese pudor infantil que mostrabas al vestirte,
una higiene jocosa ante la ausencia de tu madre.
¿Cómo podías sobrevivir en esa
húmeda pieza si ventanas?
En ese encierro asfixiante  me hacía
querer sacar la cara por la puerta.
Era, para deschavetar al más sano…
 
 
Y pese a tus, a veces, hirientes comentarios
nunca te respondería con crueldad;
me advertía hoscamente y frenaba
mi cáustica lengua, dejándola sólo
para ocasiones que creía,
justificaban su causa.
 
Recordé, la tarde en que te sostuve en mis brazos
porque las dudas dieron tremendo empellón
a tu tierno y mal intencionado carácter.
 
Holgazanear en el deleite de los sabores del pensamiento,
de la cuestión detrás de la perplejidad, que nos conducía a ningún lado.
 
Esa ira acumulada anestesiada con la devoción
que mostrabas antes de dormir, donde yo era sólo
un duende curioso y escéptico que nunca se atrevía a interrumpir.
 
(…)
 
Mas ahora esa abrupta sensación
me hace rogar por mi pronta muerte.
¿Cómo pude no actuar antes,
ser tan egoísta para abandonarte? –me reproché.
 
Esa angustia dormida emergió de la
más recóndita fosa de mi alma y fue
cultivo y guarida de larvas infecciosas
que engulleron lenta y dolorosamente mi sanidad.
 
¿Acaso te ha tragado la tierra…
o la opacidad sobre las letras
grabadas en esa piedra
se descifra con tu nombre?
Blackgunner* Original de Marzo 2013
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