Sudario

                                                           ***Basado en fragmentos de una de las
                                          Nueve crónicas de La Ciudad Negra de Blackgunner*

Proveniente de inefables transparencias emergí;
Me hallaba sentado sobre una fría plancha de piedra,
dentro de una pequeña cueva de muros blancos.
 
 
¡Oh, ese calor que brotaba de mis entrañas
y subía hasta mi pecho pareció agotarse!
Y un silencio reposó sobre el sitio en aquel instante.
 
 
No pude determinar cuánto tiempo transcurrió;
esperaba algo de lo que no tenía conciencia.
Esperé. Esperé.
Hasta que finalmente volví el rostro curioso
sobre el bulto que yacía a mi lado.
 
 
Miré, y aun sobre la mortaja
pude distinguir un rostro…
Por algún motivo, esas filosas facciones
me resultaban familiares.
 
 
A la sazón, aún extrañado, levanté con cuidado
el delgado lienzo que rodeaba al infortunado cuerpo.
Estaba totalmente seco, parecía cal cincelada: sin arrugas.
Sin rastro ni pista de reflejo, parecía absorber…
entonces, como en un relámpago reparé:
¿Cómo sabía yo eso… cómo podría verle en semejante
encierro, cómo en tremenda oscuridad?
 
 
Cuando me detuve a observar sobre su pálido pecho
entré en  vaga  visión, como en un sueño:
Una mujer, ya anciana, lloraba sobre él aferrada,
destrozada y con gran ruido; mientras sombras enlutadas los rodeaban
sus cabellos marchitos, se convulsionaban en mórbida ejecución.
Contemplé el maquinal espectro de enormes sirios derritiéndose
clavados sobre tremendos blandones de bronce moldeado
y escuché el violento frufrú de sus túnicas al envolverlo.
Sentí volver en súbito el aliento: ¡Ilusión maligna, llena de tormento!
Experimenté luego un martilleo sobre la cabeza,
una sed insaciable que culminó en nauseabundo mareo…
 
 
Esperé aún más. Recobré la calma. Sentí que no ocurría nada.
Sólo el aroma de penetrantes hierbas subió abrazador
desde la inerte masa; se hizo agradable. Inhalé.
Era como estar en un huerto.
 
(…)
 
Dormitaba cuando noté debajo de la enorme roca una entrada;
Dirigía a una estrecha escalinata de húmedas piedras.
Sin dudar, de alguna forma atravesé por aquel hueco.
Y comencé a descender rodeado de bloques que rezumaban
por todos lados agua colada entre la argamasa.
 
 
Ese inesperado sendero me daría respuestas.
Seguramente era todo aquello por lo que esperaba.
 
 
Ahora, sólo escucho el eco parsimonioso,
el repiqueteo de las gotas que caen sobre los peldaños,
y mis incesantes y pesados pasos bajando por
este profuso atajo que pareciese no concluir jamás,
guiado por la antorcha azul que mana de mi seno.
 
 
 
 
Desciendo y espero.
Espero pronto acabar…
 
 
 
 
                              Blackgunner* Original de Julio 2013
 
 
 
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