Gárgolas y nimbos

 

“No deja de acosar los sueños el alma hasta que vence al espíritu”.

Sus sueños son cuales nimbos: observa los castillos cristalizados en el cielo,
y valiente, se adentra presto para arrebatarlos…
Mas inevitable es la falsedad con la que el corazón es sostenido por el mundo,
maravilla que observamos en las latitudes extremas,
aferrados a las cimas de las rocas más agrestes,
sintiendo los trémulos susurros de la orbe en nuestras manos y oídos.

 

Y una vez dentro de la mole desconocida,
le asusta que siendo suya esté sorprendido,
porque avanza tímidamente bajo la creación de sus propias perturbaciones:
fortalezas oscuras recubiertas de zafiros y rubíes que titilan en las murallas
con las luces que su antorcha refleja en las esquinas de húmedos calabozos,
cuyas sombras proyectadas en moldes de escultores
ofuscan entre símbolos que le rodean,
temiendo la presencia de bestias hambrientas
que esperan desde siglos su advenimiento.

 

Cuando su ahogado jadeo despierta criaturas de ígneos ojos,
le raptan en el aire con sus garras y alas grotescas,
y gárgolas crueles arrancan a pedazos parte de su carne
descubriendo la sangría que menesterosa derraman sobre vetustos osarios
y cual panacea, elixir contradictorio, le purifica al rozar la muerte.

 

Pero hacen falta más que dudas para derrotar al espíritu que yace sobre el suelo;
y la monstruosa criatura producto de torcidos pensamientos
se vuelve coraje y fuerza para continuar,
porque de las cenizas y el polvo se levanta un nuevo caballero:
ahora es más que un bárbaro aventurero, más que un mercenario,
rebasó al infame “superhombre”.
Y las voces que le señalaron quedaron detrás, desvaneciéndose con los fríos vientos,
pereciendo impíamente, dando paso a las nuevas costas, a nuevos tiempos.

 

Y en el ajado pergamino, casi quemado que salvó del pandemónium de sus adentros,
lee las palabras que después del viaje redactó con el dolor vívido de sus entrañas abiertas:

 

“¡Que venga la cordura del hombre
y arranque de raíz vuestros sentimientos,
vuestras caretas todas, y descubra la lepra
de su ira acumulada, aquella que ansía
la revancha del dolor!

¡Que llegue la paciencia para el hombre
que tentado perdiese la cordura en los
brazos pusilánimes de la frustración!

¡Que prospere el ímpetu que lo mantiene vivo!
porque no llegó el forastero a casa
sin la túnica desgarrada ni el calzado destrozado.

Se regocijará en sus aposentos al ser limpiado,
y beberá de la dulce vid en la que ha confiado:
porque advenedizo y aun con la esencia de su ser
quebrantada, no se extravió en el sendero de los débiles,
y no le cegó el camino de sus turbias pasiones”.

 

Y volviendo los pasos de las tinieblas hacia el amanecer creciente,
el guerrero recibe la luz con esperanza renacida,
porque el amor a la noche permanecerá en él para siempre,
pero no sufrirá jamás el extravío en el laberinto de la devastación.

“Sus sueños son como los nimbos… la tierra los hará renacer de nuevo”.

T.J.G. Ragazzo
Original de Mayo 2011

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